Publicado Por Luis Ignacio Díaz el 8 jul, 2011
La economía del siglo XXI está marcada de forma indeleble por su vinculación con el consumo, hasta tal punto, que se sostiene únicamente gracias a él y cuando decae, no hay ningún sustento real que la mantenga a flote. Por esta razón, oímos en tantas ocasiones las voces que apuntan a un restablecimiento del consumo como única medida para paliar la devastadora acción de la recesión. Alimentados por este entorno, nos movemos casi en exclusiva por una mayor posesión de bienes, en cierto modo, como huída de nuestros verdaderos problemas, y situando en esos haberes la verdadera felicidad. Como consecuencia inmediata tenemos el alejamiento sistemático de ésta, que cada vez parece más inalcanzable al mismo tiempo que más cercana, es decir, creemos que lo siguiente que tenemos que comprar es el definitivo para ser más felices.
Tan ilusos somos, que organizamos toda nuestra vida entorno a esta entelequia. Debemos cambiar nuestro punto de vista, de tal manera, que seamos conscientes de que cada objeto inútil que compramos no sólo va en contra de nuestra economía individual sino en contra de nuestra vida. Quiero decir con esto, que mientras todas las transacciones se realicen con dinero de por medio y obtengamos éste mediante nuestro trabajo personal, si compramos un artículo que no utilicemos, en realidad no perdemos dinero, sino tiempo de nuestra vida que dedicamos a obtener ese dinero. Ése es el verdadero pensamiento. Sin embargo, salir de la espiral consumista es tan sumamente difícil, que se asemeja a abandonar la sociedad actual, a decir verdad, nadie nos lo permitiría porque la influencia es tan grande, que tener la idea es casi imposible. En un entorno que está motivando de forma constante y sin descanso para incentivar el consumo irracional, no es caldo de cultivo para pensamientos contestatarios.
He de entonar el mea culpa, porque soy yo el primer y mejor ejemplo de esta situación, supone para mí un esfuerzo ímprobo el olvidar la irreal necesidad de comprar lo último de cada cosa. No obstante, no cejaré en mi empeño por reformar poco a poco esta actitud, buscando como desde hace tiempo lo esencial en mi vida y desprendiéndome de todo aquello que no necesito.