Publicado Por Luis Ignacio Díaz el 19 ago, 2011
El hombre sólo necesita un pedazo de tierra. No el hombre, el cadáver. El hombre necesita la tierra entera.
Antón Chéjov.
He hablado largo y tendido sobre minimalismo y capitalismo, dos ismos que por definición se contraponen. En esta sociedad nuestra, nos hemos acostumbrado a que la sana y libre competencia haya brindado nuestra vidas de infinidad de opciones, de tal manera que donde no existía una necesidad, hoy aparecen miles de alternativas que no sólo la crean, sino que compiten por hacerlo de la forma más absorbente posible. Esta situación redunda en la llamada ansiedad por la decisión (o choice anxiety en inglés) que acosa a todo aquél que se desarrolle dentro de la colectividad moderna.
Sin duda, esta coyuntura ha sido acuciada por el propio mercado que ha visto cómo el mareo que provoca tantas opciones distintas puede ser redirigido hacia el producto que se desee. ¿Algunas vez te has fijado cuántos tipos de bebida de cola hay en el supermercado? Dependiendo de éste, pueden venderse decenas de marcas distintas que competirán por ti, pero hay sólo una o dos que triunfarán en esta pugna: Coca-Cola o Pepsi. Una vez que te has decidido por Coca-Cola (si me lees desde España, ésta ha sido tu decisión con toda seguridad) el siguiente paso es: la original, Light o Zero. Tienes en mente que cada lata de Coca-Cola normal lleva hasta diez terrones de azúcar, por eso, preferirás la que respete tu línea. Pero sigues en la disyuntiva, la ventaja de la Light es que lleva asentada en el mercado mucho más tiempo y es probable que la hayas asimilado como la única opción de Coca-Cola para evitar azúcares. Pero no es así. La marca americana lleva publicitando desde hace un par de años Coca-Cola Zero, que al parecer, tiene las ventajas de la Light pero respetando el sabor de la bebida original. Entonces, ¿Por qué se siguen vendiendo los dos productos? ¿No se pisan el uno al otro?
Ahora te das la vuelta y a la misma altura de los ojos pero en el estante de enfrente ves a Pepsi (ya es casualidad que Pepsi y Coca-Cola siempre se encuentren en los estantes que se sitúan a la altura de los ojos ¿no?) que te ofrece una sola respuesta a tu dilema: Pepsi Light. ¿Pero no habíamos decidido llevarnos ya la botella de Coca-Cola? Ahora la incertidumbre es aún mayor, y cuando por fin te has aburrido de esta estúpida pérdida de tiempo, coges la Coca-Cola original y te vas, o a lo mejor, decides no comprar ninguna. Y esta situación se repetirá el resto de tus días, con cada producto que quieras comprar.
He puesto un ejemplo mediocre de un trance cotidiano, que aunque tal vez no hayas recaído en él, te asola desde hace años. Por esta razón hay gente que odia profundamente tener que ir a comprar un televisor o un ordenador, porque todos parecen iguales y todos parecen buenos, en cambio, quieres llevarte siempre el mejor. Te pasas días decidiendo, viendo alternativas y justo cuando estás decidido, te echas para atrás por miedo a no escoger la opción correcta y simplemente no lo compras, o lo compras y no te quedas satisfecho. Ante esta situación, que es cada vez de más común tratamiento médico, hay gente que tiene tomadas de antemano decisiones [por defecto] sensatas (o sensible defaults), que consisten en determinar que el próximo televisor será de la misma marca que siempre le ha dado buen resultado y por el precio que le resulta lógico pagar por este bien. Esta decisión ha sido premeditada desde hace mucho tiempo, y cuando se presenta, tan sólo hay que ejecutarla de la manera prevista. Es decir, yo quiero gastar quinientos euros en un televisor de la marca Z, y las alternativas, se reducen drásticamente.
Debemos recapacitar sobre todo aquello material que nos parece imprescindible en nuestras vidas, aprender a valorar nuestro tiempo y recordar que el dinero es fruto de horas de nuestra vida. Las cosas no se miden por su precio, sino por el tiempo que has gastado de tu vida para comprarlo; viéndolo así, tal vez te sea más sencillo prescindir del último gadget.