El recuerdo de la felicidad.

Publicado Por el 24 ago, 2011

En los albores de la felicidad, en esa cercanía deseada, encuentra el ser humano la más honda tristeza. Es ese acantilado que se oculta en el horizonte, pero que sin descanso y con inusitada paciencia atrae la corriente, como un magnetismo invencible, que resuelve siempre en contra, que junta una parte con la otra y que forma un todo en donde sólo habitaba la individualidad. Todo carecía de orden y rigor, pero todo cobra sentido, tras la caída, la explosión contra sí misma, la corriente vuelve con su curso, con su habitual rutina. Mas nada sigue igual, es ahora cuando el peligro arreció, es la vuelta al derrotero deseado, es por fin la estabilización de la fuerza más incontrolable de la naturaleza, el agua se vuelve agua.

Éste es el proceder de la felicidad. Cuando se dibuja en la lontananza, es el anhelo por llegar el que empuja a sufrir, en el mismo momento en que la felicidad está de cara, el anhelo que nos movió, la inercia que logramos, nos empuja al abismo. Es ahí y en ningún otro sitio, en donde lo que era un boceto, se convierte en la mayor obra de nuestra vida, es la justificación de cada trazo errático, de cada intento fallido, de cada minuto que hemos sufrido. Porque la felicidad se erige en justificación de todo, es el juez y abogado de nuestro propio juicio.

¿Realmente está a nuestra alcance la felicidad?

En el transcurso de la humanidad, esta cuestión ha delineado un círculo perfecto, era un ir y venir y un volver al punto de partida. Sin embargo, la dulce frustración de proponer la incógnita se ha desvanecido con el desarrollo de la propia colectividad, las tornas han girado, el mundo viró en dirección al hedonismo. El comienzo de este texto, es antigualla de marginados idealistas, simple cátedra de otra época, un tiempo en el que se ensalzaba y se encumbraba el esfuerzo, aquel momento cuando se creía que la felicidad pertenecía al entorno, y nunca al propio ser. No era de libre disposición, no fue de uso y disfrute individual. No estaba al alcance del dinero, sí era el resultado del amor dado.

La soledad podía ser la guarida perfecta que ocultara, con la delicadeza con que cubre un paño de seda el oro, aquel profundo sueño: la verdadera felicidad. Miles de almas alineadas con el mismo propósito, cientos de ímprobos esfuerzos, decenas de frustraciones y uno sólo quien podría tomar la más elevada cima. Su espíritu era la armoniosa conjunción de quien desentraña el sentido de la vida, gozoso regocijo de quien sólo se basta de la naturaleza, de su familia, de aquello que es concebido para alimentar la esencia de la vida. Nunca tuvo por dirección la senda que condujese a lo material, jamás optó por el camino de la superficialidad, siempre inquirió la sustancia que nutre la existencia humana: el amor regalado.

Empero somos contemporáneos y miembros de la generación que abandonó esta vereda a la propia destrucción, a su paulatino ocultar, llevando consigo las huellas de aquel pastor que un día vibró por seguirla en aras de encontrar la felicidad. Somos necios como nadie antes lo podría haber sido, rechazadores del conocimiento popular y de nuestra propia efemérides, esa historia que conforma el hoy. La vida diaria nos asola, nos humilla hasta vaciarnos, sin nunca sentir que nuestros actos estén cargados de sentido, de ilusión y amor. En el nihilismo creímos hallar respuesta a esta inquietud, decretamos el relativismo como guía, veleta merced a vientos mediocres, e hicimos de la ignorancia coraza que protegiese de las preguntas más lacerantes. Mas la vida siempre cita a comparecer, nadie se escapa sin cuestionarse lo más desgarrador, paradoja de saber que lo único seguro en la vida es la propia muerte.

La felicidad reside en quien supo destinar su vida al amor concedido de forma gratuita, ése quien por ventura supo preguntarse el sentido de todo sin esperar al último suspiro. Aprendedor de que sólo en esta orientación, aparece la dicha como alto en el camino.