“Cada día sabemos más y entendemos menos.”
A. Einstein
No me cabe la menor duda de que estáis desconcertados. Yo también lo estoy.
Hace casi tres semanas que no escribo y siento que me falta algo. No es sólo no haber escrito, sino también el no haber gozado de la bendición que es el silencio. Porque he ahí el problema.
Los más cercanos a mí saben que mi vida ha dado un giro copernicano y aún estoy adaptándome. Quién sabe si podré volver a escribir en menos de dos semanas, mas lo único que sé, es que este blog no ha muerto. Todavía quedan muchas cosas por escribir.
Artículo completoQuien tiene paciencia, obtendrá lo que desea.
Benjamin Franklin.
En los albores de la felicidad, en esa cercanía deseada, encuentra el ser humano la más honda tristeza. Es ese acantilado que se oculta en el horizonte, pero que sin descanso y con inusitada paciencia atrae la corriente, como un magnetismo invencible, que resuelve siempre en contra, que junta una parte con la otra y que forma un todo en donde sólo habitaba la individualidad. Todo carecía de orden y rigor, pero todo cobra sentido, tras la caída, la explosión contra sí misma, la corriente vuelve con su curso, con su habitual rutina. Mas nada sigue igual, es ahora cuando el peligro arreció, es la vuelta al derrotero deseado, es por fin la estabilización de la fuerza más incontrolable de la naturaleza, el agua se vuelve agua.
Éste es el proceder de la felicidad. Cuando se dibuja en la lontananza, es el anhelo por llegar el que empuja a sufrir, en el mismo momento en que la felicidad está de cara, el anhelo que nos movió, la inercia que logramos, nos empuja al abismo. Es ahí y en ningún otro sitio, en donde lo que era un boceto, se convierte en la mayor obra de nuestra vida, es la justificación de cada trazo errático, de cada intento fallido, de cada minuto que hemos sufrido. Porque la felicidad se erige en justificación de todo, es el juez y abogado de nuestro propio juicio.
¿Realmente está a nuestra alcance la felicidad?
En el transcurso de la humanidad, esta cuestión ha delineado un círculo perfecto, era un ir y venir y un volver al punto de partida. Sin embargo, la dulce frustración de proponer la incógnita se ha desvanecido con el desarrollo de la propia colectividad, las tornas han girado, el mundo viró en dirección al hedonismo. El comienzo de este texto, es antigualla de marginados idealistas, simple cátedra de otra época, un tiempo en el que se ensalzaba y se encumbraba el esfuerzo, aquel momento cuando se creía que la felicidad pertenecía al entorno, y nunca al propio ser. No era de libre disposición, no fue de uso y disfrute individual. No estaba al alcance del dinero, sí era el resultado del amor dado.
La soledad podía ser la guarida perfecta que ocultara, con la delicadeza con que cubre un paño de seda el oro, aquel profundo sueño: la verdadera felicidad. Miles de almas alineadas con el mismo propósito, cientos de ímprobos esfuerzos, decenas de frustraciones y uno sólo quien podría tomar la más elevada cima. Su espíritu era la armoniosa conjunción de quien desentraña el sentido de la vida, gozoso regocijo de quien sólo se basta de la naturaleza, de su familia, de aquello que es concebido para alimentar la esencia de la vida. Nunca tuvo por dirección la senda que condujese a lo material, jamás optó por el camino de la superficialidad, siempre inquirió la sustancia que nutre la existencia humana: el amor regalado.
Empero somos contemporáneos y miembros de la generación que abandonó esta vereda a la propia destrucción, a su paulatino ocultar, llevando consigo las huellas de aquel pastor que un día vibró por seguirla en aras de encontrar la felicidad. Somos necios como nadie antes lo podría haber sido, rechazadores del conocimiento popular y de nuestra propia efemérides, esa historia que conforma el hoy. La vida diaria nos asola, nos humilla hasta vaciarnos, sin nunca sentir que nuestros actos estén cargados de sentido, de ilusión y amor. En el nihilismo creímos hallar respuesta a esta inquietud, decretamos el relativismo como guía, veleta merced a vientos mediocres, e hicimos de la ignorancia coraza que protegiese de las preguntas más lacerantes. Mas la vida siempre cita a comparecer, nadie se escapa sin cuestionarse lo más desgarrador, paradoja de saber que lo único seguro en la vida es la propia muerte.
La felicidad reside en quien supo destinar su vida al amor concedido de forma gratuita, ése quien por ventura supo preguntarse el sentido de todo sin esperar al último suspiro. Aprendedor de que sólo en esta orientación, aparece la dicha como alto en el camino.
Artículo completoEl hombre sólo necesita un pedazo de tierra. No el hombre, el cadáver. El hombre necesita la tierra entera.
Antón Chéjov.
He hablado largo y tendido sobre minimalismo y capitalismo, dos ismos que por definición se contraponen. En esta sociedad nuestra, nos hemos acostumbrado a que la sana y libre competencia haya brindado nuestra vidas de infinidad de opciones, de tal manera que donde no existía una necesidad, hoy aparecen miles de alternativas que no sólo la crean, sino que compiten por hacerlo de la forma más absorbente posible. Esta situación redunda en la llamada ansiedad por la decisión (o choice anxiety en inglés) que acosa a todo aquél que se desarrolle dentro de la colectividad moderna.
Sin duda, esta coyuntura ha sido acuciada por el propio mercado que ha visto cómo el mareo que provoca tantas opciones distintas puede ser redirigido hacia el producto que se desee. ¿Algunas vez te has fijado cuántos tipos de bebida de cola hay en el supermercado? Dependiendo de éste, pueden venderse decenas de marcas distintas que competirán por ti, pero hay sólo una o dos que triunfarán en esta pugna: Coca-Cola o Pepsi. Una vez que te has decidido por Coca-Cola (si me lees desde España, ésta ha sido tu decisión con toda seguridad) el siguiente paso es: la original, Light o Zero. Tienes en mente que cada lata de Coca-Cola normal lleva hasta diez terrones de azúcar, por eso, preferirás la que respete tu línea. Pero sigues en la disyuntiva, la ventaja de la Light es que lleva asentada en el mercado mucho más tiempo y es probable que la hayas asimilado como la única opción de Coca-Cola para evitar azúcares. Pero no es así. La marca americana lleva publicitando desde hace un par de años Coca-Cola Zero, que al parecer, tiene las ventajas de la Light pero respetando el sabor de la bebida original. Entonces, ¿Por qué se siguen vendiendo los dos productos? ¿No se pisan el uno al otro?
Ahora te das la vuelta y a la misma altura de los ojos pero en el estante de enfrente ves a Pepsi (ya es casualidad que Pepsi y Coca-Cola siempre se encuentren en los estantes que se sitúan a la altura de los ojos ¿no?) que te ofrece una sola respuesta a tu dilema: Pepsi Light. ¿Pero no habíamos decidido llevarnos ya la botella de Coca-Cola? Ahora la incertidumbre es aún mayor, y cuando por fin te has aburrido de esta estúpida pérdida de tiempo, coges la Coca-Cola original y te vas, o a lo mejor, decides no comprar ninguna. Y esta situación se repetirá el resto de tus días, con cada producto que quieras comprar.
He puesto un ejemplo mediocre de un trance cotidiano, que aunque tal vez no hayas recaído en él, te asola desde hace años. Por esta razón hay gente que odia profundamente tener que ir a comprar un televisor o un ordenador, porque todos parecen iguales y todos parecen buenos, en cambio, quieres llevarte siempre el mejor. Te pasas días decidiendo, viendo alternativas y justo cuando estás decidido, te echas para atrás por miedo a no escoger la opción correcta y simplemente no lo compras, o lo compras y no te quedas satisfecho. Ante esta situación, que es cada vez de más común tratamiento médico, hay gente que tiene tomadas de antemano decisiones [por defecto] sensatas (o sensible defaults), que consisten en determinar que el próximo televisor será de la misma marca que siempre le ha dado buen resultado y por el precio que le resulta lógico pagar por este bien. Esta decisión ha sido premeditada desde hace mucho tiempo, y cuando se presenta, tan sólo hay que ejecutarla de la manera prevista. Es decir, yo quiero gastar quinientos euros en un televisor de la marca Z, y las alternativas, se reducen drásticamente.
Debemos recapacitar sobre todo aquello material que nos parece imprescindible en nuestras vidas, aprender a valorar nuestro tiempo y recordar que el dinero es fruto de horas de nuestra vida. Las cosas no se miden por su precio, sino por el tiempo que has gastado de tu vida para comprarlo; viéndolo así, tal vez te sea más sencillo prescindir del último gadget.
Artículo completo